El chico que quería conocer el mundo

 Todos nos sentimos, en algún momento de nuestras vidas, en un lugar pequeño para nuestros deseos; sentimos que tenemos un mundo tan grande que debemos y queremos conocerlo.

A este chico le pasaba eso. La ciudad en la que vivía y donde tenía a sus amigos se le había quedado pequeña. El país donde estaba su familia ya no era un mapa extenso que jamás terminaría de recorrer; ahora el mapa se había amplificado, ahora veía el mundo, ahora era un planisferio.

La decisión seguramente fue difícil pero, con coraje y valentía, el chico la tomó y partió. En medio de una pandemia que azotó al mundo y cambió sus planes, se llevó animales a kilómetros de casa. Empezar a descubrir otra manera de vivir le fascinó y así comenzó su aventura.

Recorrer media Europa a dedo no es para cualquiera, pero él se animó y se lanzó a la aventura: durmiendo en carpa, conociendo personas y logrando visitar cada país europeo que se cruzaba en su camino. Hizo muchos amigos en su travesía, conoció lugares y degustó comidas; definitivamente, estaba listo para más.

Y así fue como llegó al otro lado del mundo para comenzar una nueva etapa. Vivió un tiempo en Nueva Zelanda, un país que queda lejísimos del suyo —o tal vez no tanto, si recordamos que la tierra es redonda—. Al volver, decidió conocer el sudeste asiático para seguir coleccionando recuerdos y conocimientos.

Pasó el tiempo y el planisferio se volvió a convertir en el mapa de su país. Descubrió que aún quedaba una parte de su propia tierra sin descubrir y ahora, con todo lo vivido (que no es poco), se embarca en la aventura de terminar de conocer su mapa nacional y seguir guardando historias en su memoria.


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